La nostalgía pasa por tres fases, una primera, en la que los recuerdos están tan cercanos, son tan próximos, tan en tercera dimensión, que pueden evadirse con un buen dribling, una buena finta que los deja atrás retorciéndose en el pasado. Luego vienen los días en que las memoria hiere como un mal dolor de cabeza y las escenas reviven y resuenan como tambores en mitad del cráneo. Al final, la memoria se vuelve bobalicona, triste, dolorósamente amable. Persistente en cambio. La convocan las gotas de lluvia rotas por los cristales, el viento sacudiendo las ramas de los árboles, un columpio solitario que oscila en el parque, todos los lugares comunes de la soledad. Pero ésa, no por blanda es menos pertinaz, menos malévoamente cancerígena.
Paco Ignacio Taibo II, Días de Combate, Punto de lectura.
(Source: xpurr)
Paris, Texas
Vorsicht! Hier wird Deutsch unterrichtet!
Pensar quiere decir reconocer un objeto. No, no quiere decir eso. El objeto, su contemplación, es anterior a que podamos exponer ante los demás nuestras nociones. Ahora bien, cuando se crea un muro transparente, entonces está hecho de motivos transparentes: no tener que esperar y poder exponer enseguida la noción que tenemos de él, puesto que en realidad no se ve nada. A esto no nos sobreponemos: sea lo que sea, esté allí el potro que esté. Ustedes se lo imaginan. No se ve, pero no podemos sobreponernos y ello nos causa unos sufrimientos espantosos, lo que es muy importante. Que haya un sufrimiento es lo más importante de todo. Algunos héroes son en su vida privada gente encantadora. ¿Y por qué se procuran sufrimientos? Ni idea. En el caso de que el amor sea correspondido, el amor canta y alienta; en caso contrario: sólo es motivo para nuevas inquietudes y dificultades a la hora de escribir, y entonces se le cuestiona con un sinfin de palabras; de alguna manera hay que ganarse la vida, cuando, por lo demás, no es nada divertida. Cuestionado, si no hay más remedio, incluso por una pared que no nos devuelve nada. Sobre todo, si es transparente. En este caso, empleando el metro de conocimiento humano para definir al ser, ¿cómo puede medirse si el varón es humano, no, si la mujer es humana, no, más bien el varón? No. Desde luego que no. El varón es simplemente inhumano. Por el contrario, la mujer es humana. Ella es lo único humano. La pared es un posible noción, lo sería si pudiese contemplarse. Sin embargo, es transparente. Ningún eco, nada de nada. La mujer está en el interior, todo lo demás está fuera. Así se lo imaginan los escritores que buscan el conocimiento, que comprueban su capacidad de pensar mediante un tomógrafo computarorizado que les induce a creer que ella existe. ¿Qué es lo que veo aquí, en el proyector de los procedimientos? Una pared. La imagen acab de rebotar en ella. Qué pena. Una pared sin conocimiento de sí misma, sin forma, informe y sin embargo, ¡hemos de tener conocimientos! Y lo estúpido de toso esto es que ni siquiera has reconocido a la pared.
Elfriede Jelinek, La muerte y la doncella I-V, España: Pre-Textos, 2008.
Nick Cave & the Bad Seeds Live 2001
…porque para él soy un Yo tan sin importancia y conocido, como si él me hubiera escrito toda, un desecho, un algo superfluo que intenta ser persona, como si estuviera hecha de su costilla, como si desde siempre hubiera querido prescindible, aún así ineludible historia oscura que acompaña a la suya, complementarlo, pero que él quiere separar y aislar de su luminosa historia.
Ingeborg Bachmann, Malina, Deutschland: Piper, 1978.
(Mi traducción)
Había niebla en las calles. Mucho más allá de los confines de la ciudad, se anunciaba la mañana gris, pero aquí todavía estaba oscuro; eran las tinieblas de una hora hueca en que las luces mortecinas de las farolas de la calle desaparecían disueltas, como diluidas en la bruma. Y de pronto la noche fue un agujero, ya me entiende, un agujero espantosamente vacío. Todas las noches eran como cuevas bostezándole a la vida: la guirnalda del día colgaba deshecha, como de papel, sobre un abismo de negra profundidad. Enorme, con una fuerza horrenda, aguardando, se erguía la soledad en la nada, quebrando de un modo lamentable la débil confianza del día, ese vehículo del miedo ensamblado a toda prisa. Y allí estaba, abierto en canal, como una arca de cultivo, y los miedos y los tormentos —grandes y pequeños, malévolos y mansos, astutos e inteligentes, pérfidos y sabios— manaban en tropel desde allí, revoloteaban aturdidos por el pánico, se aferraban histéricamente al alma y la arrastraban hacia ese horror último. Y entonces, magnánima, llegó la gran soledad, que se manifestó con gesto maternal.
Gregos von Rezzori, Edipo en Stalingrado, Sexto piso
La muerte y Haneke.